Relatos desde el balcón # 4
Voy a cantar un corrido
Si señores, voy a cantar un corrido sin agravio y sin disgusto. No, por cierto, lo que sucedió en Tres Palos, municipio de Acapulco, donde hará cosa de 100 años mataron a Simón Blanco, con implicaciones de cierta gravedad, pues era un gallito muy fino que el gobierno respetaba, y su muerte desató fenómenos sobrenaturales únicamente atruibuibles a la Providencia. Simón resultó ser un hijo desobediente, de ahí la tragedia. Su mamá se lo decía: Simón, no vayas al baile, pero eso era pura cobardía. Si se iba a morir, pues de una vez lo que se acabe. Era como una muerte anunciada, una crónica cantada. Cuando el león cayó en las redes de los Martínez, a nadie le sorprendió el desenlace. Algunos hechos no están muy claros, empezando por la hora del baile: las 2 de la tarde; pero puede que sea una costumbre acapulqueña. Al parecer, Andrés lo desarmó y Onésimo, que además era su compadre, vilmente lo balaceó. A los tres días de muerto Simón, los Martínez fallecieron misteriosamente. Según el chisme que corrió en el velorio, meterse con la comadre o matar a un compadre es ofender al Eterno y, con el Eterno, está claro que no se juega.
La desobediencia y los bailes parecen ser una combinación letal. Ahí está la saltillense Rosita, cuya madre le advirtió que esa noche no saliera; pero Rosa era necia, soberbia y le encantaba bailar, sin imaginarse que su orgullo chocaría irrevocablemente con el de Hipólito, un macho de esos de armas tomar, a quien además le preocupaba sobremanera el qué dirán.
O esos pobres hermanos, Pedro, Fabián y José Luis, a quien solo el mezcal hacía feliz. Querían a fuerza ir al baile, y su padre no más les pidió que cuidaran el pellejo, porque la vida se acaba, sobre todo cuando la muerte anda de ronda. ¿Resultado? Tres tumbas.
Otro caso de desobediencia que terminó mal fue el de un tal Felipe, a quien lo enterraron con una mano de fuera y un papel sobredorado, donde consta que era un desgraciado. O que fue desgraciado, que no es lo mismo, pero es igual. Felipe no solo desobedeció a su padre, quien trató de evitar el pleito poniéndose en medio de los dos mancebos, sino que lo amenazó y a punto estuvo de convertirse en parricida. Algunos dirán que la maldición que acto seguido le lanzó su progenitor, se la tenía bien merecida. De nada le sirvió ser un toro prieto, pues a fin de cuentas acabó revuelto y trillado con el ganado. Una cosa hay que aclarar, sin embargo: que el hecho sucedió en domingo, no cabe duda, pero Felipe y el otro mancebo no andaban errando, sino herrando, de ahí que echaran mano a sus fierros como queriendo pelear.
No mencionaré al buen gallo de Juan, apodado El Charrasqueado; sí, aquel que vivía en la Hacienda de la Flor, y cuyas conductas adictivas ni tiempo le dieron de montar en su caballo cuando una bala ya le había atravesado el corazón. Casi seguro que su padre o su madre le dieron algún consejo, le advirtieron que no tomara tanto, ni se gastara la plata apostando, ni mucho menos anduviera de picaflor, pero lo más probable es que, cual vástago insumiso, a Juan esas palabras le entraran por un oído y le salieran por otro.
La desobediencia de los hijos parece no traer nada bueno, ni siquiera cuando es en defensa propia. Ahí tienen a Delgadina, un sórdido caso de incesto y muerte por inanición. Su padre la quería como su dama y ella, horrorizada, no solo se negó a perpetrar semejante traición, sino a condenar su alma, y si no, que lo digan el Dios del cielo y la Virgen soberana, que estaban de testigos. El malvado padre, en su despecho, mandó a sus once criados que la encerraran y la dejaran morir de hambre y de sed. Para cuando fueron a ver, ya estaba muerta. No se sabe qué sucedió después, pero seguramente prevaleció la impunidad, ya que el papá de Delgadina era un rey o, de menos, un político encumbrado.
Pensándolo bien, señores, ya no voy a cantar ningún corrido. Se me quitaron las ganas. Solo hablan de la escoria y lo peor del alma humana. Mejor con esta me despido, porque todo comienza llorando y así, llorando, se acaba, y a fin de cuentas, en este país, con alma de corrido, la vida no vale nada.
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