Relatos desde el balcón # 3

La llegada de La Edad

No me refiero a la cronología que, desde el instante en que somos concebidos, se mide en semanas y meses dentro del útero, y que, en el instante de hacer nuestra aparición en este mundo, contabilizamos en meses y años, del nacimiento a la muerte. Hablo de La Edad, así con mayúsculas, que es lo mismo pero no es igual, diría Silvio Rodríguez. 

Muchos, presentes y ausentes, hemos llegado a un momento en el que La Edad se hace manifiesta; un momento irremediable en el que nuestro cuerpo y nuestra mente saben instintivamente dejar de hacer y pensar ciertas cosas que hasta ese momento formaban parte automática e incuestionable de nuestra cotidianidad, y empezar a hacer otras que nos parecen más cuerdas o convenientes, más a tono con una realidad incomprensible que de pronto resulta ser la nuestra. 

No recuerdo en qué momento me empezó a preocupar caerme, ni cuándo opté por la comodidad de zapatos con tacón bajo. Sin perder mi estilo, mis gustos han cambiado y el factor confort, y no digamos el factor seguridad, han adquirido un nuevo atractivo. Frente a este hecho incuestionable, ni caso tiene preguntarme si ya llegué a La Edad.

La piel es la vanguardia de esta nueva etapa, la manifestación más visible y aparente, la más desconcertante y frustrante. ¿Soy yo o es una extraña la que me observa desde el espejo? Las reacciones de mi entorno se convierten en las evidencias de esos cambios: atraigo aún miradas pero ya no como antes; son ahora la excepción y me hacen sentir nostalgia más que gusto. Ahora soy "doña" o "señora" o —¡dioses me libren!— “madre”, para una gran mayoría de personas que podrían ser mis nietos. 

A las arrugas de mi cara acompaña la deconstruccion de mi cuerpo; esas pequeñas pero cada vez más irreversibles traiciones acumulativas en la apariencia externa y en los achaques internos. Porque se siente como una traición: esa cara y ese cuerpo que yo di por descontados durante tantos años, mis fieles compañeros, responsables de salud, belleza, potencia y poder, ahora parecen tener su propia agenda, una muy distinta a la mía, y estar yéndose por un rumbo diferente y desconocido. Se han convertido en maestros de resilencia y aceptación, de forzosa disciplina. Me enseñan cotidianamente cuán indómito ha sido siempre mi carácter.

Por fortuna, La Edad existe también en otro nivel, si acaso más digerible, por la sutileza con la que se va desarrollando en complicidad con mi tranquilidad y paz interior. Es esa condición doble de aquellas cosas que antes eran tan importante y ahora han dejado de serlo, y las que eran objeto de mi más vivo interés y hoy están siendo sustituidas por otras igualmente apasionantes pero muy diferentes. Puedo atestiguar que, por fortuna, La Edad no me ha hecho menos apasionada. Por el contrario, enfoca la pasión en objetos y sujetos con más certeza y menos conflictos, sin tanta culpa y con más autogenerosidad. La pasión se refina, se destila sabiamente, se torna quintaesencia. Es el reino del ámbar y la luna.

Con La Edad llega también la ventaja de saber que puedo lograr prácticamente lo que me proponga, dentro del rango de aquello que está dentro de mis posibilidades. Puedo renunciar con elegancia a proyectos, planes y actividades, pues descubro que he mejorado con los años en hacer aquello que más me gusta hacer. Sobre todo, soy dueña de mi tiempo, de mi vida y de mis decisiones. Esa certeza es el sustento de mi empoderamiento.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Relatos desde el balcón # 4

Relatos desde el balcón # 2