Relatos desde el balcón # 2
Memorias de un recuerdo
Conocí la casa de Hemingway en blanco y negro, mucho antes de visitar La Habana por primera vez. El tour, a cargo de un hombre calvo, de bigote y voz pausada nada cubana, empezó con una vista a vuelo de pájaro, como si yo estuviese asomada desde la gran torre hacia el jardín y la puerta principal. Como son los sueños, sin transición, me encontré dentro de la casa, recorriendo habitaciones con libreros ordenados, su máquina de escribir, su sillón favorito. Recuerdo unas cortinas blancas ondeando en la brisa que entraba por la ventana abierta. Las cabezas disecadas de varios trofeos africanos me recordaron los aspectos de Hemingway detestables a mi sensibilidad, como lo hizo el cartel de una corrida de toros madrileña. No encuentro justificación alguna a la crueldad gratuita, sin sentido, ni a la adrenalina de un perverso placer pasajero que, además, se ostenta en restos disecados como si fueran obras de arte del ingenio o la valentía humana.
No obstante, son ingredientes imprescindibles, ineludibles, de la personalidad del escritor, me dije, sin los cuales no te explicas la intensidad de su vida, con todos sus avatares sombríos de tan destructivos, no te explicas su tormento. Porque así veía a Hemingway, como un ser sobre todo atormentado, quizá por la angustia constante que las pocas obras que había leído de él me habían producido. Por quién doblan las campanas, El viejo y el mar…
Su casa, en blanco y negro, logró lo que las lecturas previas no consiguieron. Si Hemingway había vivido en ese lugar, entonces algo había que me identificaba con el personaje. Me empezó a gustar.
Años después de haber visitado Finca Vigía a través de los ojos de Memorias del Subdesarrollo, que así se llamaba la película de Tomás Gutiérrez Alea sobre las prolongadas horas de incertidumbre durante la crisis de los misiles de 1962, entré por mi propio pie a la casa de Hemingway. No me decepcionó. La vida es más estética en blanco y negro, pero más real, más apropiable, cuando caminas por pasillos de frescas losetas y se leen claramente los títulos de cada uno de los libros alineados en los estantes, y el verde de las palmeras se cuela por las ventanas.
Es de llamar la atención como el escritor se hace presente en tantos lugares icónicos de la isla, incluyendo los de leyenda urbana como La bodeguita de en medio, que es forzoso visitar so pena de decepcionar a cuantos te pregunten sobre tus turisteos por La Habana. Debe haber no pocas obras que interpreten el hecho de que un escritor norteamericano forme parte indeleble del paisaje cubano. Mi primera impresión de lo que quizá pensaban los cubanos fue que: “si le gustamos a Hemingway y nos adoptó como refugio adoptivo, entonces no debemos ser tan malos. Es más, aquí, en esta aborrecida de tan deseada isla, el titán se inspiró para escribir y hasta para morir”.
Innegable el orgullo local por esa preferencia, pero me intriga más la cotidianeidad. Prefiero imaginar, no tanto saber de cierto, a riesgo de una enorme decepción, cómo transcurrían sus días en aquella casa hoy inmaculada, cuál era su ir y venir habitual, qué parafernalia acompañaba el rito de escribir. Hemingway está y, sin embargo, no está. Finca Vigía, a donde ahora no es posible entrar, tiene una existencia propia. Es ya un lugar imaginario y, a la vez, tan real como un recuerdo, por donde a veces deambulo, en blanco y negro, buscando mis propias respuestas.
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